Un amor prohibido

Siempre pensé que tenía la vida perfecta, un marido perfecto, unas hijas perfectas, mi casa era tal y como siempre soñé, perfecta para mi familia.

¿Qué más podía pedir? ¿Nada verdad? Porque se me olvidaba deciros, que era decoradora de interiores y tenía un estudio en el centro de la ciudad. Y la verdad es que me había hecho de una buena cartera de clientes y nunca me faltaba el trabajo.

Bueno será mejor que comience desde el principio… Hace unos meses, un periodista de un periódico local quiso hacerme una entrevista y contacto conmigo a través de una amiga. Mi respuesta fue, que estaría encantada de que me entrevistase y concertamos un primer encuentro para hablarle un poco de mí y de mi negocio, así pues, quedamos en mi oficina sobre las doce del mediodía. Fue muy puntual, le pase a mi despacho, dónde saco su grabadora y comenzamos a hablar. Creo que trascurrieron un par de horas y ni tan siquiera nos dimos cuenta. Antes de irse, le di mi teléfono porque quedaríamos la próxima semana, esta vez en mi casa, para que así conociese mis dos mundos, mi familia y el trabajo.

Aquella tarde salí pronto del trabajo y fui a recoger a mis hijas al colegio, Antes de bajarme del coche vi que me llego un mensaje, era la entrevista, para que la escuchase, me envió un saludo y me volvió a dar las gracias, y le devolví el saludo.

Recogí a mis hijas y nos fuimos para casa, no sin antes pasar por el supermercado a comprar algunas cosas que me hacían falta.

Se pasaron la tarde jugando, saliendo y entrando en la piscina cerca de las ocho, vino la pequeña diciéndome que estaba cansada, raro en ella, `porque era la más revoltosa. Subimos a la planta de arriba les di un baño y a la cama. Como cada noche les conté un cuento, pero nunca tenían bastante, siempre acababan protestando porque querían más. Ya pasaban de las nueve cuando por fin se durmieron.

Aquella mañana, mi marido me dijo que había quedado para cenar con un cliente, que se retrasaría. Este sería mi momento relax, me prepare una ensalada, agua y un yogurt, me lo puse en la bandeja, me senté en el comedor, encendí el ordenador, tenía que buscar telas para un sillón isabelino que una clienta muy especial, había adquirido en una subasta. Estaba inmersa viendo telas cuando de pronto, el WhatsApp, pensé que sería Ismael mi marido, pero de nuevo era él, el periodista que le puse él, porque no recordaba su nombre. Bueno no leí el mensaje, pero seguía insistiendo y no tuve más remedio que contestar. Y la verdad que su conversación era tan interesante que cuando vi la hora, eran más de las doce. De nuevo más de dos horas y parecían dos minutos. Lo que me extrañó es que Ismael no hubiera dicho nada, con lo tarde que era. Decidí llamarle, pero no contestaba, la verdad que comencé a ponerme un poco nerviosa. Se lo comenté a Cesar que así es como se llamaba, y le dije que hablaríamos en otro momento y me despedí.

No sabía qué hacer, seguía llamando y ahora estaba apagado o fuera de cobertura. Comencé a hiperventilar ( me pasa a veces si estoy muy nerviosa) cuando escuché que se abría la puerta, salí corriendo al vestíbulo, estaba tan tranquilo y a mí a punto de darme algo, le pregunte  qué sino se había dado cuenta de la hora, y él  seguía  tranquilo, y yo a punto de llamar a los hospitales, me dijo que venía muy cansado que había sido un día muy duro, que se daría una ducha y que me esperaba en la cama . Yo le dije un poco enfadada, ahora iré que me voy a hacer una tila doble.

De nuevo el WhatsApp era Cesar, que se quedó preocupado, que sí había llegado y si me encontraba bien. Le dije pues no, no me encuentro bien, pero él tan tranquilo me tomaré una tila doble y a dormir, se despidió de mí, no sin antes decirme que descansara.

Me tomé la tila apague el ordenador y subí a mi dormitorio, cuando llegue Ismael, se había quedado dormido vestido encima de la cama. Quitarle la ropa me costó la vida, porque mide casi 1,90 y es corpulento, le desabroché los pantalones, la camisa, se lo quité lo arrope. Pensé… vaya, parece que en vez de tres hijas tengo ahora también uno más. Me fui al baño me di una ducha relajante, y aquella tarde que había sacado la lencería más sensual que tenía, pensando que no llegaría muy tarde…  Pues nada, volví a guardarla de nuevo, seria para otra ocasión. Ya era el tercer día que la guardaba, aquello se estaba convirtiendo en una costumbre. Me metí en la cama sin apenas hacer ruido, y lo curioso es que mi último pensamiento antes de dormir fue la imagen de “él” Cesar, y creo que el sueño me venció sonriendo. 

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